Hay decisiones políticas que llegan tarde y, cuando llegan tarde, pierden buena parte de su fuerza. Un Plan de Igualdad debería ser una herramienta útil para corregir desigualdades, marcar objetivos concretos y medir avances. Pero si aterriza ocho años después de lo previsto, la primera pregunta es inevitable: ¿qué se ha hecho durante todo este tiempo?