Hay algo que conviene dejar claro desde el minuto uno: cuando uno acepta un cargo como el de Félix Bolaños, también acepta dejar en la puerta buena parte de sus opiniones personales. No porque deje de tenerlas, sino porque su peso institucional ya no es el de un ciudadano cualquiera. Por eso chirría —y mucho— escucharle justificar que “tiene su opinión” mientras arremete contra la actuación del juez Peinado.

