Hay una trampa semántica que la izquierda lleva décadas imponiendo con éxito: confundir “Estado” con “país”, “nación” con “patria”, “ciudadano” con “súbdito”. Y como buenos anarcoliberales, no podemos más que rebelarnos ante esa farsa conceptual. Nosotros no creemos en la sacralidad del Estado, sino en la sacralidad de la libertad. Y la libertad no nace en un BOE ni se defiende con tanques. Nace del vínculo invisible entre personas que comparten historia, valores, afectos y un horizonte común.

