Película Documental que con cinco testimonios de judíos narran la deportación de cuatrocientos mil judíos húngaros a Auschwitz en seis semanas.
Película Documental que con cinco testimonios de judíos narran la deportación de cuatrocientos mil judíos húngaros a Auschwitz en seis semanas.
Ahora que todavía me respeta la artrosis, me viene de maravilla dar paseos. Antes me gustaba dar la vuelta al pantano del Renegado, pero como lleva ya tres años cerrado por unas obras de acondicionamiento que nadie ha llegado a ver (La Confederación Hidrográfica del Guadalquivir tiene la misma diligencia en ese aspecto que la que tiene para aprobar el informe que paraliza el PGOU, es decir, ninguna), pues me voy para el monte Hacho. Eso sí, me voy un poco enfadado porque no puedo disfrutar del embalse como antaño y parece que a nadie le importa un bledo.
Hay días en que una ciudad deja de reconocerse a sí misma. Este verano, Ceuta ha vivido uno de esos días convertido en semanas: playas invadidas de madrugada, familias que cerraban sus comercios sin saber si al abrir de nuevo encontrarían su vida de siempre, vecinos que salían a proteger sus barrios porque nadie más parecía estar cuidándolos a tiempo. No hace falta repetir cifras para sentir el peso de lo que ha pasado. Basta con haber estado aquí, o con haber llamado a un hijo, a una madre, a un vecino, para saber que el miedo entró en las casas antes que cualquier discurso político.
La decisión de la magistrada María Tardón de abrir diligencias previas en la Audiencia Nacional por la entrada masiva de migrantes en Ceuta es, ante todo, una bocanada de aire fresco en medio de un pantano político que se está volviendo irrespirable. Mientras el Gobierno negocia con Bruselas, se enfrenta con el PP y trata de salvar los muebles ante la opinión pública, la jueza ha hecho lo que debía hacer: su trabajo. Sin aspavientos, sin declaraciones rimbombantes, sin mirar a quién pueda molestar. Ha abierto una investigación para determinar si la llegada de decenas de miles de personas a la frontera sur de España fue un fenómeno espontáneo o, como sospechan muchos, una operación orquestada.
Una ciudad colapsada, con personas que han cruzado ilegalmente una frontera; niños encerrados en sus casas durante el verano; señoras mayores llorando desde sus balcones, viendo con impotencia cómo su ciudad cambia delante de sus ojos; vecinos que salen a la calle, denuncian lo que está pasando y nadie los escucha; gente que se pasa días sin dormir por culpa de las peleas nocturnas; y, por supuesto, personas que se gastan 70 € en ropa de marca para, acto seguido, recoger su bolsa de comida en la Cruz Roja.