Han pasado ocho días desde el trágico accidente ferroviario de Adamuz, con 45 personas fallecidas y decenas de heridos, y lo que seguimos escuchando son frases huecas. Que “caerá quien tenga que caer” suena solemne, pero no consuela ni repara. Menos aún cuando se dice desde un cargo que, precisamente, debería asumir algo más que palabras.
