La Corona británica siempre ha presumido de algo más que protocolo y pompa: presume de ejemplaridad. Por eso, la tibieza del rey Carlos III con su hermano Andrés frente al escándalo Epstein no es un asunto menor ni una simple disputa familiar. Es un problema institucional. Cuando el silencio o las medias tintas sustituyen a la contundencia moral, el mensaje que se envía es devastador: que el apellido pesa más que la responsabilidad.
