Hay políticos que no solo tropiezan: se enamoran de la piedra, la suben a un pedestal y convocan una rueda de prensa para anunciar que la piedra es el futuro. Los hay que caen en la trampa mil veces —la de confundir cargo con autoridad moral, mando con razón, gritos con liderazgo— y aun así vuelven a por más. Pero existe una categoría superior, una especie de “torpeza con ambición”, que no se conforma con meter la pata: necesita además exigir que le aplaudan mientras lo hace.