Cada vez que llueve, en demasiados colegios de la ciudad pasa lo mismo: aparecen goteras, se cuela el agua, se desprenden cascotes y las clases se convierten en una carrera de obstáculos. No es mala suerte ni un temporal excepcional; es el resultado de años mirando para otro lado. El último ha sido el CEIP Juan Morejón, pero cualquiera que conozca la realidad educativa sabe que no es un caso aislado.
