En el estanque dorado, donde el agua no se renueva, se convive sometido a una paciente resistencia. Allí, la autoridad tiene doble cara: Una proporciona aparente y limitada seguridad o protección, así como ciertas comodidades u oportunidades; la otra silencia, reprime, roba el fruto del trabajo, es insensible a los deseos de los que no pertenecen al estrecho círculo privilegiado, y no permite que los “corrientes” tengan información ni poder de decisión.
