La ciudad despertó vestida de fiesta, con ese aire especial que solo trae el Domingo grande de la Semana Santa. La luz, limpia y generosa, caía sobre las calles mientras los primeros sonidos de cornetas y tambores comenzaban a abrir paso a una jornada esperada durante todo un año. Había ganas, se notaba en las miradas, en los saludos apresurados y en esa emoción contenida que solo entiende quien siente lo cofrade.
