La Hermandad del Santo Entierro puso el broche final al Viernes Santo con una estación de penitencia marcada por el silencio, la sobriedad y la emoción contenida. Su salida, desde el Santuario de África, fue uno de los momentos más sobrecogedores de toda la jornada.
La Hermandad del Santo Entierro puso el broche final al Viernes Santo con una estación de penitencia marcada por el silencio, la sobriedad y la emoción contenida. Su salida, desde el Santuario de África, fue uno de los momentos más sobrecogedores de toda la jornada.
El Cristo Yacente, portado en parihuela, avanzó entre un silencio absoluto que impresionaba a cuantos lo contemplaban. Cada paso era seguido con respeto, en una atmósfera que invitaba a la reflexión y al recogimiento.

La primera levantá del paso de palio de la Soledad rompió ligeramente ese silencio con una ovación sentida. La elegancia del conjunto, acompañada por marchas solemnes, creó una estampa de enorme belleza.
La carrera oficial fue escenario de uno de los momentos más emotivos. El contraste entre el silencio del Cristo y la música del palio generó una dualidad que emocionó profundamente al público.

En Jáudenes, la hermandad volvió a mostrar su esencia. Allí, el recogimiento alcanzó su máxima expresión. Las chicotás, lentas y medidas, se sucedían en un ambiente de absoluto respeto.
A medida que avanzaba la noche, el cortejo mantenía su intensidad. El público, lejos de abandonar, seguía acompañando, consciente de estar viviendo el cierre de la Pasión.

La recogida fue, como siempre, un momento especialmente sobrecogedor. El regreso al templo, entre aplausos y silencio, puso el punto final a una jornada cargada de emociones.
Con el Santo Entierro, Ceuta cerró su Viernes Santo de la manera más solemne posible, dejando en el aire ese silencio que anuncia que la Pasión ha terminado… y que la esperanza está a punto de comenzar.










