El Viernes Santo volvió a teñirse de negro riguroso en las calles del centro con la salida de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Paz y María Santísima de la Piedad. Desde su templo del Valle, a las puertas de una tarde que caía lentamente, la hermandad puso su cruz de guía en la calle envuelta en un silencio que ya anticipaba la profundidad de su mensaje. Cientos de ceutíes aguardaban con respeto ese instante en el que el portón se abrió, dando paso a uno de los momentos más esperados de la jornada.
El Viernes Santo volvió a teñirse de negro riguroso en las calles del centro con la salida de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Paz y María Santísima de la Piedad. Desde su templo del Valle, a las puertas de una tarde que caía lentamente, la hermandad puso su cruz de guía en la calle envuelta en un silencio que ya anticipaba la profundidad de su mensaje. Cientos de ceutíes aguardaban con respeto ese instante en el que el portón se abrió, dando paso a uno de los momentos más esperados de la jornada.
La salida fue un auténtico ejercicio de recogimiento. La primera levantá, ordenada con firmeza por el capataz, se ejecutó con una elegancia que arrancó los primeros aplausos contenidos del público. La cuadrilla mixta, ejemplo de entrega y compromiso, llevó el único paso con un compás sobrio, mecidas cortas y firmes, propias de una cofradía que hace del silencio su seña de identidad.

El cortejo avanzó por las calles céntricas envuelto en una atmósfera casi mística. En lugares como la calle Real o la Plaza de los Reyes, el público se agolpaba en respetuoso silencio, roto únicamente por el leve sonido de los pasos y el roce de las túnicas. La representación de la sagrada mortaja, con la Virgen sosteniendo el cuerpo de Cristo, volvía a estremecer a quienes la contemplaban.
Uno de los momentos más especiales se vivió en su paso por Jáudenes. Allí, el recogimiento alcanzó su punto álgido. Las luces, el silencio y la solemnidad del conjunto crearon una escena de una belleza indescriptible. Cada chicotá era seguida con atención por los presentes, que premiaban el esfuerzo con aplausos medidos, casi susurrados.

La entrada en carrera oficial fue otro de los instantes clave. La cofradía avanzó con precisión, marcando el tiempo con una sobriedad que contrastaba con la intensidad emocional del momento. Las virtudes teologales, siempre tan características, añadieron un matiz simbólico que enriquecía aún más el cortejo.
El regreso hacia el templo mantuvo el mismo tono de recogimiento. A medida que la noche caía, la ciudad parecía rendirse a ese silencio tan característico de la Cofradía del Valle. Las levantás se sucedían con la misma elegancia, mientras el público no abandonaba su sitio, consciente de estar presenciando algo único.

La llegada a su templo fue, como siempre, uno de los momentos más emotivos. La recogida se produjo entre aplausos contenidos y miradas emocionadas. La última chicotá, lenta y medida, culminó con una levantá que puso el broche a una estación de penitencia cargada de sentimiento.
Así, la Cofradía del Valle volvió a demostrar que no hacen falta grandes estridencias para emocionar. Su silencio, su sobriedad y su profundidad espiritual la convierten en uno de los pilares fundamentales del Viernes Santo ceutí.






