En solo cuatro meses, cerca de 2.000 inmigrantes han entrado en Ceuta. No es una cifra menor ni un hecho aislado: es la prueba de que algo está fallando de forma evidente en la gestión de nuestras fronteras. Se puede hablar de humanidad, de solidaridad o de derechos, pero hay una realidad incómoda que no se puede maquillar: una frontera no puede convertirse en un coladero permanente sin que eso tenga consecuencias.