Los sindicatos, en teoría, deberían ser los defensores de los trabajadores, luchando por condiciones laborales justas y representando los intereses de quienes día a día aportan al funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, lo que vemos a menudo es una pantomima interminable, un espectáculo en el que los protagonistas principales parecen más interesados en el poder que en mejorar la vida de los trabajadores.