No es normal. Así de claro. En pleno siglo XXI, en una ciudad que presume de ser moderna y funcional, seguimos sufriendo apagones día sí y día también en la periferia. Y lo peor no es solo la molestia de quedarse sin luz en casa o en el negocio, sino la sensación de abandono que padecen los vecinos afectados. Porque una avería puntual se entiende, pero cuando los cortes se convierten en rutina, la paciencia se agota.