Desde que se produjera el salto a la valla de Ceuta el pasado jueves 26 de julio, y no el lunes 23 como expone De Madariaga en su denuncia, son varias las voces que piden la identificación de los migrantes violentos.
Desde que se produjera el salto a la valla de Ceuta el pasado jueves 26 de julio, y no el lunes 23 como expone De Madariaga en su denuncia, son varias las voces que piden la identificación de los migrantes violentos.
Ceuta sigue en la cresta de la ola. Lo importante es que sabe nadar para no ahogarse. Son muchos motivos y sentimientos los que la elevan a un inusitado protagonismo. Los fundamentos más vastos no deben ser aquellos que simplifican los protagonistas en victoriosos y vencidos. Ceuta es más que eso, más complicado que eso. Ceuta sabe y debe mantener el equilibrio. Ser consciente de que la inercia hará que acabe de nuevo en el agua.
España ya ha puesto encima de la mesa de Bruselas las necesidades de Marruecos para controlar la frontera, sólo un día después. Dice que necesita 60 millones en helicópteros, vehículos y otro material para contener la inmigración.
Ceuta ha vivido un trágico suceso migratorio que ha dejado una huella difícil de borrar. La marca la llevan los caballas atemorizados porque han sido testigos de una situación que escapa a su control. Los que observan con miedo la llegada de extranjeros terriblemente impredecibles en sus comportamientos.
Es inadmisible que una de las fronteras sur de Europa haya sido un coladero de personas, más de 600, a través de lugares no habilitados para el paso regular de éstas y utilizando la violencia contra las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Europa debe dejar de cerrar los ojos ante lo que sucede en Ceuta. Es el propio Gobierno español el que debe encargarse de esto de una vez por todas.