Ya matizaba Oscar Wilde que “los buenos modales, van antes que la moral”, y, cuando uno es, como es el funesto personaje objeto de mi artículo, subproducto del producto de un submundo cuyo “éter” lo configura el odio, grotesco y kafkiano, pero no por ello menos distópicamente destructivo, ambos son inexistentes. En este caso el subproducto sería el señor Aróstegui, el producto sería Caballas y la extrema izquierda cómplice y promotora del integrismo, y el submundo sería el marxismo cultural, burda distorsión de una ideología genocida y totalitaria ya de por sí como es el comunismo y el socialismo que tanto han hecho por abonar fosas comunes con disidentes. A menudo “pervertidos sexuales”, como llamaba el Che a los homosexuales a los que metía en el campo de concentración de Guanahacabibes bajo el letrero de “el trabajo os hará hombres”, y cuyos herederos llevan, hoy, camisetas con su cara.