El de Portoplano, después del duermevela de la siesta, sentado o medio tumbado en el sillón, caído el libro entre sus manos, con un cierto desánimo en su mente-corazón-carne-alma, se decía, ante el espejo de si mismo, ¡tanto como he trabajado en el campo de la cultura, y, apenas, apenas a nadie, le interesa nada de lo que construyo o he edificado…!
