Hay que tener muy poca vergüenza política y todavía menos sensibilidad humana para salir a dar lecciones después de lo ocurrido en Ceuta los días 30 y 31 de julio. Mohamed VI, el monarca que gobierna Marruecos con mano de hierro, ha tenido el descaro de denunciar las "declaraciones irresponsables" de determinados políticos y medios de comunicación españoles, además de acusarlos de instrumentalizar la crisis migratoria. Lo dice precisamente quien debería empezar por explicar qué responsabilidad tuvo su país en aquella avalancha humana y por qué Marruecos no fue capaz de impedir semejante tragedia. Pero lo verdaderamente indignante es su silencio sobre los más de cien fallecidos que, según las cifras que se vienen manejando, dejó aquella dramática entrada masiva. Ni una palabra de recuerdo, ni un gesto de humanidad, ni una muestra de respeto hacia quienes perdieron la vida. Parece que a Mohamed VI no le importan ni sus propios muertos.