Otra vez se habla del desempleo juvenil como si fuera una novedad. Como si no lleváramos años viendo a miles de jóvenes terminar sus estudios, con ganas de trabajar, con preparación, pero sin oportunidades. Lo más indignante es que las políticas públicas que se suponen diseñadas para combatir este problema parecen hechas más para cubrir el expediente que para dar soluciones reales. Programas que no llegan, cursos que no valen para nada, y convocatorias que parecen un laberinto burocrático más que una puerta al empleo.