Ceuta ha vivido un Jueves Santo de los que se graban a fuego en la memoria colectiva, con una intensidad que no necesita grandes alardes para calar hondo. Ha bastado con abrir de nuevo las puertas de San José, después de cuatro años, para que el barrio de Hadú se llenara de vida, de lágrimas, de promesas cumplidas. La Encrucijada no solo volvió a las calles, regresó al corazón de un barrio que no había dejado de esperarla, que en cada rincón tejió su propia oración de reencuentro. No era solo una procesión: era la vuelta a casa, la fe que se viste de costal y túnica y camina sabiendo que el esfuerzo tiene sentido.