Ignacio Cembrero ha puesto sobre la mesa una verdad que muchos llevamos demasiado tiempo denunciando: con Marruecos no se puede seguir practicando la política del buenismo, de las concesiones permanentes y de mirar hacia otro lado cada vez que Rabat decide poner a prueba la paciencia de España. Ya está bien de agachar la cabeza, de justificar lo injustificable y de confundir la diplomacia con la sumisión. Marruecos ha demostrado en demasiadas ocasiones que no es un vecino en el que se pueda confiar ciegamente. Y lo ocurrido en Ceuta a finales de julio debería haber servido para que nuestro Gobierno comprendiera, de una vez por todas, que las buenas palabras y las fotografías sonrientes no bastan para defender los intereses de una nación.
Ignacio Cembrero ha puesto sobre la mesa una verdad que muchos llevamos demasiado tiempo denunciando: con Marruecos no se puede seguir practicando la política del buenismo, de las concesiones permanentes y de mirar hacia otro lado cada vez que Rabat decide poner a prueba la paciencia de España. Ya está bien de agachar la cabeza, de justificar lo injustificable y de confundir la diplomacia con la sumisión. Marruecos ha demostrado en demasiadas ocasiones que no es un vecino en el que se pueda confiar ciegamente. Y lo ocurrido en Ceuta a finales de julio debería haber servido para que nuestro Gobierno comprendiera, de una vez por todas, que las buenas palabras y las fotografías sonrientes no bastan para defender los intereses de una nación.
Porque lo de Ceuta no fue una simple crisis migratoria. Fue una situación de una gravedad extraordinaria que puso contra las cuerdas a una ciudad española y dejó al descubierto hasta qué punto nuestra frontera puede convertirse en un instrumento de presión política. Y mientras miles de personas cruzaban hacia territorio español, la pregunta que muchos ciudadanos seguimos haciéndonos es bastante sencilla: ¿hasta cuándo vamos a permitir que Marruecos utilice sus relaciones con España como un juego en el que siempre pretende imponer las reglas? No se puede mantener una relación de buena vecindad cuando una de las partes parece entender la cooperación como una obligación ajena y las concesiones como un derecho propio.
Cembrero tiene razón al reclamar que se abandone el apaciguamiento y se apueste por la disuasión. Pero disuadir no significa buscar un enfrentamiento ni alimentar conflictos innecesarios. Significa dejarle meridianamente claro a Rabat que España tiene fronteras, soberanía, dignidad y capacidad suficiente para defenderlas. Que cada provocación tendrá una respuesta diplomática, política o económica proporcionada, pero firme. Que no habrá más chantajes, ni más concesiones gratuitas, ni más silencios vergonzosos. Marruecos debe entender que pasarse de la raya tiene consecuencias y que España no está dispuesta a seguir pagando el precio de mantener unas relaciones aparentemente cordiales a cualquier coste.
Y aquí es donde nuestro Gobierno tiene mucho que explicar. Porque resulta difícil comprender cómo, después de tantos episodios de tensión, se sigue apostando por una estrategia que parece premiar a quien presiona y exigir paciencia a quien soporta las consecuencias. Ceuta y Melilla no pueden continuar siendo las piezas más vulnerables de una relación bilateral en la que demasiadas veces da la impresión de que Rabat exige y Madrid concede. La amistad entre países se construye desde el respeto mutuo, no desde el miedo a incomodar al vecino. Y si para garantizar ese respeto hay que revisar acuerdos, reforzar nuestras fronteras, exigir responsabilidades y buscar el respaldo inequívoco de nuestros socios europeos, habrá que hacerlo sin complejos.
España tiene que recuperar la firmeza que nunca debió perder frente a Marruecos. No se trata de enfrentarse al pueblo marroquí, que merece todo nuestro respeto, sino de dejar claro a sus gobernantes que nuestra soberanía no se negocia, nuestra integridad territorial no se cuestiona y nuestra seguridad no puede depender de los caprichos políticos de Rabat. Ya hemos tenido demasiadas demostraciones de lo que ocurre cuando se confunde la prudencia con la debilidad. Ha llegado el momento de cambiar las reglas, de hablar con claridad y de actuar con determinación. Porque a un vecino que no respeta los límites hay que hacérselos respetar. Y Marruecos debe tenerlo muy claro: España no puede permitirle ni una más.



