En esta era digital, nuestros datos son como oro en manos de gigantes tecnológicos, pero para nosotros son un tesoro sin cerrojo. Navegamos, compramos, compartimos, sin apenas ser conscientes de la magnitud del rastro que dejamos. Nos han vendido la ilusión de un internet libre y accesible, pero la realidad es que estamos expuestos a un mercado sin reglas claras donde nuestros datos personales son la moneda de cambio. Y lo peor de todo: parece que nadie se atreve a poner orden.
