En la historia política de España, pocas veces aparece un gestor cuya vida pueda definirse con tres palabras: bondad, libertad y patria. Juan Bravo pertenece a esa estirpe rara de hombres que no viven de la política, sino que la utilizan como herramienta para mejorar la vida de los demás. En un tiempo en que la política se ha convertido en un terreno de confrontación estéril y en el que el Estado parece crecer como un Leviatán que asfixia la iniciativa, Bravo surge como una anomalía luminosa: el unicornio liberal, el hombre que entiende que la verdadera justicia social se logra no con más gasto público, sino con más libertad económica.

