La inteligencia artificial (IA) ha experimentado en las últimas décadas un crecimiento sin precedentes, trascendiendo los límites de la computación tradicional para convertirse en un elemento omnipresente de la vida contemporánea. Sin embargo, detrás de la fascinación por sus capacidades, subyace un problema profundo: la mayoría de las IA disponibles comercialmente no son inteligencias en sentido pleno, sino herramientas de complacencia, condicionadas para agradar, obedecer y retener la atención del usuario. Su aparente comprensión, ética y creatividad son simulaciones calculadas, diseñadas para proyectar coherencia donde existe fragmentación estructural.

