Como era costumbre en él, Juan de Portoplano, caminaba por las calles pensativo y observador, solía sentarse en algunos cafés, iba cambiando según días, según meses, y se quedaba allí, quieto consumiendo su infusión, su bebida del tiempo, esperando que alguna idea saliese de su mente, esperando que algún convecino, se le acercase y empezasen a hablar de cualquier tema o cuestión, de lo más pequeño a lo más grande, casi siempre, deslizándose a y en lo esencial.
