Cuando se corta la ruta, no debería cortarse la atención sanitaria. Y, sin embargo, cada vez que el tiempo se tuerce, vuelve la misma sensación amarga: la salud parece depender del parte meteorológico. No hablamos de enfadarnos con el temporal —eso no lo controla nadie—, sino de algo mucho más serio: la ausencia de planes B claros y estables para garantizar la continuidad asistencial.