El Revellín volvió a latir al compás del tres por cuatro en una primera semifinal que tuvo de todo: emoción, pullas bien afinadas y ese pellizco que solo las grandes voces del Carnaval saben dar. El teatro presentó una magnífica entrada, con ambiente de gala y de barrio a la vez, porque el Carnaval tiene esa magia: uno puede sentarse en butaca numerada y, aun así, sentirse en plena calle, entre serpentinas invisibles y ganas de reírse hasta de uno mismo.