Tras cuatro años de obligado silencio entre los muros de San José, las puertas de la iglesia del barrio de Hadú se abrieron de nuevo para acoger la salida procesional de una de las hermandades más queridas y veteranas de la Semana Santa ceutí: la Cofradía del Santísimo Cristo de la Encrucijada y María Santísima de las Lágrimas. Lo hizo con la solemnidad de siempre, pero con un sentimiento renovado de regreso y reencuentro que se sintió en cada rincón del barrio.
Tras cuatro años de obligado silencio entre los muros de San José, las puertas de la iglesia del barrio de Hadú se abrieron de nuevo para acoger la salida procesional de una de las hermandades más queridas y veteranas de la Semana Santa ceutí: la Cofradía del Santísimo Cristo de la Encrucijada y María Santísima de las Lágrimas. Lo hizo con la solemnidad de siempre, pero con un sentimiento renovado de regreso y reencuentro que se sintió en cada rincón del barrio.
La procesión arrancó a las 18.00 horas desde la iglesia de San José, recientemente reabierta tras una profunda restauración que la mantuvo cerrada desde 2020. Las lágrimas contenidas en tantos Jueves Santos sin su presencia por las calles de Hadú brotaron al paso de los primeros sones de la banda del Santísimo Cristo de la Encrucijada, que acompañaba a la imagen titular tallada por Modesto Gené en 1952.
A las 18.40 horas, como siempre en la Avenida de Regulares, se produjo uno de los momentos más esperados: el encuentro entre el Cristo de la Encrucijada y su Madre, María Santísima de las Lágrimas. El pregón chico, cargado de palabras sencillas y hondas, logró lo que solo logran las procesiones auténticas: que los ojos y el alma miraran al cielo.
La hermandad, fundada en 1950, se internó en las avenidas Otero y España, calles que han visto pasar generaciones de cofrades, para continuar hacia la carrera oficial, donde hizo su entrada a las 20.35 horas. La Virgen de las Lágrimas, acompañada por la Asociación Cultural Xe Kin de Tavernes de Valldigna, emocionó con cada movimiento de su palio, con cada nota que se derramaba desde Valencia hasta Ceuta como un puente de devoción.
Pero no sería un Jueves Santo completo sin recordar el esfuerzo que supone esta estación de penitencia. El recorrido de la Encrucijada es uno de los más exigentes de la Semana Santa local: largo, profundo, marcado por la fe. Especialmente duro es el regreso por la avenida Otero, en la que el cansancio pesa tanto como la emoción, y donde los costaleros sacan fuerzas no de los músculos, sino del corazón. Cada zancada hacia San José es un acto de entrega, un testimonio de amor cofrade.
La entrada en su templo, prevista a la 1.00 de la madrugada, será el cierre de una jornada que quedará grabada en la memoria colectiva de Hadú. Porque no era solo una procesión. Era la vuelta a casa de dos imágenes que, tras años de ausencia, han demostrado que la fe también puede tener forma de reencuentro.
