La Sentencia
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Y erre que erre con la supuesta “crisis humanitaria” de Marruecos. Conviene llamar a las cosas por su nombre: una crisis humanitaria de las dimensiones que algunos pretenden vender no se puede convertir en una coartada para justificar cualquier cosa. Siria sufrió una guerra devastadora; millones de personas huyeron para salvar la vida. Ucrania sufrió una invasión y millones de ciudadanos buscaron refugio lejos de las bombas. Eso sí son ejemplos evidentes de poblaciones desplazadas por un conflicto armado. Marruecos, por el contrario, no está en guerra ni su población está huyendo de un frente de combate.

Y erre que erre con la supuesta “crisis humanitaria” de Marruecos. Conviene llamar a las cosas por su nombre: una crisis humanitaria de las dimensiones que algunos pretenden vender no se puede convertir en una coartada para justificar cualquier cosa. Siria sufrió una guerra devastadora; millones de personas huyeron para salvar la vida. Ucrania sufrió una invasión y millones de ciudadanos buscaron refugio lejos de las bombas. Eso sí son ejemplos evidentes de poblaciones desplazadas por un conflicto armado. Marruecos, por el contrario, no está en guerra ni su población está huyendo de un frente de combate.

Y tampoco parece razonable intentar explicar todo con el hambre. Marruecos tiene problemas sociales, económicos y de desigualdad, como muchos otros países, pero presentar a decenas de miles de personas llegando a Ceuta como si estuvieran escapando de una hambruna generalizada es, como mínimo, una simplificación interesada. Una cosa es la pobreza y otra muy distinta utilizarla como argumento político para blanquear una situación que también tiene detrás decisiones, permisividad y una evidente utilización de la presión migratoria.

Lo verdaderamente preocupante es la facilidad con la que algunos parecen aceptar que Marruecos pueda abrir o cerrar el grifo de la presión migratoria según le interese y después presentar las consecuencias como una tragedia inevitable. No, aquí también hay responsabilidades políticas. Y cuando un Estado permite que miles de personas sean utilizadas como instrumento de presión sobre una ciudad española, no estamos únicamente ante un fenómeno humanitario: estamos ante un problema de seguridad, de control fronterizo y de respeto a la soberanía de otro país.

Y mientras tanto, Mohamed VI permanece al frente de una monarquía que exige reconocimiento, respeto y consideración internacional, pero cuya política hacia Ceuta y España merece una respuesta mucho más firme. España no puede vivir permanentemente pendiente de cuándo decide Rabat tensar la cuerda. La solidaridad tiene límites cuando se convierte en chantaje, y la cooperación pierde todo su sentido cuando una de las partes utiliza la desesperación de personas vulnerables como herramienta de presión.

Ceuta no necesita discursos edulcorados ni excusas diplomáticas. Necesita que se diga claramente quién tiene responsabilidades y quién no. Marruecos tiene problemas, sí; pero convertir cada presión migratoria en una supuesta crisis humanitaria inevitable no puede servir para ocultar las responsabilidades de quienes manejan los resortes del poder. Y a estas alturas, quizá ya va siendo hora de que España deje de mirar hacia otro lado y empiece a exigir a Rabat algo tan sencillo como respeto.

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Ceuta, Viernes 04 de Septiembre del 2026

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