La Sentencia
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Si la impunidad y la soberbia política tuvieran que buscar un escaparate, encontrarían su reflejo más nítido en la gestión de Kissy Chandiramani. Lo que durante años se ha intentado vender desde las moquetas del poder como un ejemplo de brillantez económica y administrativa no es, en realidad, más que un gigantesco castillo de naipes que ha comenzado a desmoronarse. Y el viento que lo derriba no es una simple crítica política; es el aliento de la justicia, el peso de las denuncias y el eco de una caja fuerte que suena al más absoluto de los vacíos.

Si la impunidad y la soberbia política tuvieran que buscar un escaparate, encontrarían su reflejo más nítido en la gestión de Kissy Chandiramani. Lo que durante años se ha intentado vender desde las moquetas del poder como un ejemplo de brillantez económica y administrativa no es, en realidad, más que un gigantesco castillo de naipes que ha comenzado a desmoronarse. Y el viento que lo derriba no es una simple crítica política; es el aliento de la justicia, el peso de las denuncias y el eco de una caja fuerte que suena al más absoluto de los vacíos.

En apenas unos días, la señora Chandiramani tendrá que abandonar la altivez de su despacho para realizar un nada honroso paseíllo por los juzgados. El escandaloso caso de los mataderos portátiles no es una simple anécdota de pasillo ni un "error administrativo", como seguro intentarán disfrazarlo los aduladores de turno. Es el paradigma de una forma de gestionar lo público que resulta bochornosa. Tener que sentarse a dar explicaciones ante un juez por este asunto debería provocar una dimisión fulminante en cualquier sociedad con un mínimo de higiene democrática. Pero aquí, en este cortijo, se prefiere la huida hacia adelante.

Sin embargo, el lodazal no se agota en los mataderos. Sobre el tejado de su gestión pende otra losa vergonzosa: el oscuro manejo de la publicidad institucional, un asunto que ya ha cruzado la línea política para convertirse en una denuncia formalizada en comisaría. El presunto uso torticero del dinero de todos para intentar tejer redes de favores y silenciar voluntades es, sencillamente, un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. Cuando las presuntas irregularidades de un gobierno tienen que ser radiografiadas por la policía, es la prueba irrefutable de que el sistema está herido de muerte.

Y como telón de fondo de este despropósito, el elefante en la habitación del que todo el mundo habla pero que intentan ocultar bajo las alfombras: la contabilidad. Ese monumental y pavoroso "boquete" económico que ya es un secreto a voces en cada rincón de la ciudad. Un agujero negro en las cuentas que amenaza con asfixiar y comprometer el futuro de todos, fruto de una gestión que ha confundido el erario público con el cajón de los caprichos.

Mataderos bajo sospecha judicial, publicidad denunciada en comisaría y un boquete contable aterrador. El balance de la era Chandiramani no admite eufemismos: es una auténtica ruina. Una ruina económica, institucional y moral que exige que caigan las máscaras y se asuman, de una vez por todas, las responsabilidades legales y políticas de este desastre sin paliativos.

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Ceuta, Miercoles 09 de Septiembre del 2026

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