En política, el ridículo es un lujo que nadie debería permitirse, pero algunos parecen empeñados en convertirlo en su bandera. El último aspirante a destronar a Isabel Díaz Ayuso, Óscar López, ha debutado como si se tratara de un guion mal escrito. Su oratoria, más pedante que inspiradora, y su actitud de solemnidad triste han provocado más risas que respeto. Es como si se hubiera propuesto demostrar que siempre puede haber alguien que lo haga peor.

