Ciudades y planificación siempre han ido de la mano. El urbanismo se erige como la herramienta capaz de ordenar la ciudad presente, que además debe –o debería- ceñirse a un proyecto de ciudad que persigue a futuros un trabajo continuado, fruto de la reflexión, de la participación ciudadana, del consenso, y de la capacidad resolutiva para afrontar los problemas específicos de cada territorio.
