En aquel centro del día, cuándo caían rayos de luz, que torturaban las piedras, y el aire estaba relleno de respiraciones de efluvios que secaban hasta las hojas y ojos de todo lo viviente. El de Portoplano, en el silencio de lo público, cuándo todos los seres vivientes estaban en sus guaridas, humanos y no humanos. Decidió en aquellas condiciones atravesar las rutas de las pasarelas de su lugar de ser y existir, para intentar entender y comprender algo, algo rodeado de otras condiciones ambientales.
