Una vez más, las puertas de la prisión de Ceuta han sido el escenario de una concentración en señal de repulsa. Esta vez, por la brutal agresión sufrida por un funcionario en el centro penitenciario de Sevilla, pero la indignación que se respira es exactamente la misma que en tantas ocasiones anteriores: impotencia, hartazgo y una sensación cada vez más extendida de abandono institucional.