En este país, parece que cuando la responsabilidad se convierte en una carga incómoda, lo más fácil es abrir el ventilador y repartir culpas a discreción. La última jugada de la Fiscalía de Madrid, al pretender diluir las posibles responsabilidades de Álvaro García Ortiz en un batallón de 500 personas, es un ejemplo de manual. No estamos hablando de una investigación seria o de un análisis riguroso; estamos presenciando una maniobra para evitar que el foco se quede donde debería.
