Y de nuevo otra vez El Príncipe, pero no para hablar de su gente, de sus calles, del aroma de su esencia, del respeto de sus mayores, de los grupos de niños y niñas que disfrutan con el balón, de las mujeres que se reúnen para luchar por la igualdad, de los comercios que allí continúan, del mercado que siguen sin habilitar, del colegio que trabaja día a día con las escuelas de familias, del economato de Cruz Blanca, de los talleres que se hacen en el polifuncional. No, volvemos a situar el príncipe en la cuna del terrorismo y en uno de los barrios más peligrosos del país.
