Poco después de las doce del mediodía, Blanco Batista se convertía en el cirineo del Señor, y comenzaba su pregón junto a la Cruz y la Custodia confesándose ser un enamorado de Cristo, quien por amor a los hombres murió clavado a un madero y por amor se queda vivo en la Sagrada Eucaristía, siendo esto para el pregonero la belleza de nuestra fe, que “Cristo resucita y se queda con nosotros”.