Hay cosas que uno termina aceptando casi por costumbre, aunque no deba. Los retrasos constantes de las navieras son una de ellas. Todos conocemos la escena: compras un pasaje, te organizas el día, calculas traslados… y, al final, el barco sale cuando quiere. Y si tienes suerte, hasta avisan. Si no, toca esperar estoicamente, como si fuese parte natural del viaje.