En el panorama político español, donde la polarización y los ataques personales se han convertido en la norma, la figura de Juan Lobato ha sido una excepción que vale la pena destacar. Lejos de recurrir al lenguaje barriobajero o a estrategias de confrontación, Lobato ha demostrado que se puede ejercer la política con dignidad, sin caer en la descalificación fácil ni en el espectáculo. Sus principios, aunque a veces incómodos para algunos dentro de su propio partido, lo definieron como un político diferente y, por qué no decirlo, de altura.
