Hace apenas una década, el mundo miraba con preocupación cómo el Estado Islámico se expandía por Siria e Irak, proclamando un califato y atrayendo a miles de combatientes extranjeros. Era una amenaza clara, visible y estructurada. Las imágenes eran aterradoras: columnas de vehículos, banderas negras y ejecuciones públicas. La lucha contra el terrorismo tenía un enemigo con rostro, territorio y jerarquía. Hoy, esa amenaza ha mutado, pero no ha desaparecido.
